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«LA MADRE: ¡Sucias chinchecitas burguesas! !No saben a qulén tienen el honor de hablar! Mi hijo será embajador de Francia, caballero de la Legion de Honor, gran autor dramético, Ibsen, Gabriel D'Annunzio, El… ¡se vestirá en Londres!
EL HIJO: … puede que sea mejor decir en seguida, por la claridad de este relato, que en la actualidad soy consul general de Francia, compañero de la Liberación, oficial de la Legion de Honor, y que si no he llegado a ser un Ibsen ni un D'Annunzio no es por no haberlo intentado. Y que nadie se engañe: me visto en Londres. Me horroriza la hechura inglesa, pero no tengo elección.»
Como cualquier otro, y ante la angustia de la castración, no tiene mucho donde elegir. Someterse al ideal impuesto es una de las vías que se pueden tomar ante esta exigencia del amor materno que, bajo una apariencia de darlo todo, exige resultados.
En 1832, Victor Hugo escribe en su Diario: «¡jBendita sea la Providencia, que ha dado a cada uno su juguete: la muñeca al niño, el niño a la mujer, la mujer al hombre, el hombre al diablo!»
Querría sostener aquí que la relación del bebé con su madre es el soporte privilegiado de aquella que podrá crearse como relación de pareja adulta, y que en el Camino entre la una y la otra don Juan acecha… ¡siempre como seductor!
Don Juan y Casanova tienen en común la existencia de un paso infranqueable entre cada uno de ellos y, su madre. En el caso de Casanova, no ha llegado a alcanzar la desexualización, que ha sido su primer intento (la faceta de clérigo del joven Giacomo en el film de Comencini), pero no ha podido tampoco satisfacer a; la madre.