You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
En su artículo “Recordar, repetir y reelaborar” [1], Freud decía que “con tal que el paciente nos muestre al menos la solicitud de respetar las condiciones de existencia del tratamiento, conseguimos, casi siempre, dar a todos los síntomas de la enfermedad un nuevo significado transferencial, sustituir su neurosis ordinaria por una neurosis de transferencia, de la que puede ser curado en virtud del trabajo terapéutico”.
En esta frase, como en tantas otras a lo largo de su obra, Freud indica que son las condiciones de existencia del tratamiento las que permiten que se instale la neurosis transferencial y, por tanto, la posibilidad de trabajo terapéutico y éstas no son sino lo que se ha dado en llamar encuadre.
Es, pues, una primera misión del encuadre crear las condiciones de una repetición histórica, que no otra cosa es la transferencia, y, por tanto, en esta nueva situación, el ahora analizado sentirá y deseará como lo hiciera antaño, y situará al analista en el lugar en que situaba a sus objetos primitivos, repitiendo sin recordar. Puede decirse entonces que, de alguna manera, el encuadre recrea las condiciones primitivas del núcleo familiar en que se produjo el desarrollo psíquico. Ahora bien, ¿cómo consigue esto?
Para entender cómo el encuadre cumple su cometido es útil recurrir a la distinción que Grinberg y col. [5] establecen entre un encuadre externo, constituido por los aspectos formales de la relación analítica, y un encuadre interno, asimilable a la actitud analítica.
Se basan aquí en un concepto de Meltzer [8], quien señala que “la actitud analítica incluye varios elementos: recibir