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Con el fin de evitar el uso abusivo de los términos, he sustituido el enunciado que se me propuso de Identidad del emigrante, por el de Identidad y Emigración, ya que la definición de la identidad personal por el rol que en determinado momento de su vida juega el sujeto en la sociedad en que vive, me parece, cuando menos, poco apropiado. Es, pienso, el grupo social el que necesita identificar a los sujetos que lo forman, más por el rol que en ese momento juegan, que por sus particularidades personales. Así sucede que, para el medio social, uno pasa por diversas identidades a lo largo de su vida. Es una vez niño, luego adolescente, adulto o viejo, en función de la edad. Estudiante, médico, albañil, en función del oficio. Religioso, marxista, conservador, etc., en función de la ideología, etc., etc., y así sucesivamente. Esto se opone, a mi juicio, a una más precisa y radical definición del concepto de Identidad, que ha de incluir necesariamente el hecho psicofísico decisivo de permanecer siendo el mismo, a pesar de los cambios, incluso profundos, del medio y del propio sujeto, que puedan acontecer a lo largo de la vida. Es decir, considero que la propia identidad es un componente central y decisivo, y no accesorio, en el desarrollo y la estructura de la personalidad.
Igualmente el término de Emigrante es usado a veces de un modo indiscriminado y abusivo. Usado extensivamente, todos somos emigrantes. Pero si pretendemos, aun a costa de buscar un poco un estereotipo de referencia, hablar de algunas características psicológicas comunes a un grupo tan amplio, habremos de limitarle, y así diferenciar las emigraciones acaecidas durante la infancia y la vejez, tanto como las temporales por trabajo o estudios, como poco representativas