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A cualquier observador no puede pasar inadvertido el hecho de que entre los niños es enormemente frecuente el intento de llamar la atención de los demás. Muchas madres se lamentan de que sus hijos son incapaces de jugar por sí mismos y de que insistentemente, a pesar de contar con bonitos y sofisticados juguetes, interrumpen sus juegos exclamando: «mira qué estoy haciendo», «mira qué he hecho», «mira qué me ha hecho mi hermano». Daría la impresión, incluso, de que el «mírame», clara demanda de admiración, supera el interés por las actividades mismas que el niño está realizando.
Esta tendencia a exhibirse, que podemos observar, en efecto, en cualquier actividad infantil, tiene su origen en una época mucho más anterior a la de los episodios descritos anteriormente y va a tener un destino que irá más allá de la propia infancia.
A pesar de que el argumento del que nos ocupamos no ha sido tratado profusamente en la literatura psicoanalítica, encontramos referencias al tema en algunos autores.
Freud, en el capítulo V de La interpretación de los sueños, comenta: «En nuestra infancia ha habido un período en el que se nos veía semidesnudos tanto por nuestros familiares como por extraños, doncellas, visitas, y ante los que no nos avergonzábamos de nuestra desnudez…». En muchos niños es posible observar cómo el desnudarse ejerce sobre ellos un efecto exaltante, en vez de producirles