You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
En el lenguaje común tiende a considerarse la fantasía como la expresión consciente del reino de lo imaginario, de lo ilusorio o ficticio, y se la opone a la «realidad», considerada como expresión de lo material, de lo que existe objetivamente, fuera del sujeto que lo percibe y con independencia de él. La fantasía es entonces un producto subjetivo, en contraste con la realidad objetiva, y su función es menospreciada en aras de la objetividad del sentido común y del objetivo cientificista.
El mismo Freud, según relata en su Autobiografía , pasó por momentos de desánimo y de amargura al darse cuenta de que había tomado por realidades históricas las fantasías de seducción de sus pacientes histéricos: «Forzado a reconocer que tales escenas de corrupción no habían sucedido realmente nunca, siendo tan sólo fantasías imaginadas por mis pacientes, a quienes quizá se las había sugerido yo mismo, quedé perplejo por algún tiempo…» Pero este descubrimiento le llevó prontamente a reconocer que «los sintomas neuróticos no se hallaban enlazados directamente a sucesos reales, sino a fantasías optativas, y que para la neurosis era más importante la realidad psíquica que la material».