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Dos hechos se sitúan en el origen de mi proyecto de animar esta reunión sobre el papel desempeñado por la contratransferencia en la decisión de terminar el análisis.
El primero fue la visita que me hizo, hace algunos meses, un antiguo paciente. Se trataba de Enrique, que, hace dieciocho años, fue un niño traído al análisis porque buscaba vestirse y peinarse como una estrella de cine, jugaba exclusivamente con muñecas y bailaba de un modo pseudofemenino provocador, lo que angustiaba a sus padres, particularmente a su madre. También él, aunque obteniendo de ello un cierto placer, sufría con esos comportamientos cuyo carácter casi compulsivo y masoquista era claro.
Un colega hombre lo había seguido durante un año, y perturbado por la seducción ejercida por el niño, me lo había enviado. El análisis conmigo duró cinco años, a razón de cuatro sesiones semanales (desde el séptimo al duodécimo año del joven paciente). Fue difícil, al haber repetido el pequeño en la transferencia un fuerte odio hacia sus padres, sobre todo hacia su madre, vividos como castradores y, más profundamente, como negándole la libertad de sus deseos, la individuación. Apareció que volverse femenino u homosexual era, por un ladao, para ser objeto del amor de su madre —cuyo hermano preferido era homosexual—, y para cederle su virilidad —ella experimentaba una fuerte envidia del pene—, Por otro lado, odiar a las mujeres —su vestimenta y sus juegos estaban también destinados a burlarse de su madre y de mí en transferencia materna, además me atacaba verbal y físicamente por todos