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Todo psicoanalista, en el momento de iniciar una sesión psicoanalítica con cualquiera de sus pacientes, puede sentir —casi sin darse cuenta— la influencia de «los visitantes de su yo profesional», parafraseando a Alain de Mijolla (1981).
Estos «visitantes» que se han ido instalando en una parcela importante de su Yo en sucesivos momentos de su historia infantil y adulta, y mucho más específicamente desde el comienzo de su formación psicoanalítica, corresponden a sus imágenes parentales (con sus conflictos primitivos y demandas reparatorias proyectadas de alguna manera en la labor con los analizados), a la imagen del propio analista, de los supervisores, profesores de seminarios y, muy especialmente, como veremos luego, a la imagen del mismo Freud. Constituyen las identificaciones introyectivas «analíticas», imprescindibles para moldear el «yo psicoanalítico» del analista y reforzar la «función psicoanalítica de la personalidad».
Sin embargo, como decía el poeta «… lo que de tus padres has heredado, tú debes adquirirlo a fin de poseerlo». De modo que dicha «función psicoanalítica de la personalidad» sólo podrá ser operativa si ha sido nutrida por identificaciones maduras asimiladas, «conquistadas» por una disposición positiva y una vocación genuina que se añaden a la capacidad de descubrir y comprender la realidad psíquica.
De todos los «visitantes del yo» mencionados, Freud es quien —sin duda alguna— adquiere mayor relieve, dado