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En 1923, cuando los editores americanos de la Enciclopedia Británica pidieron a Freud un artículo en el que sintetizara su aportación a «the history of our times», él iniciaría su Esquema del psicoanálisis con estas palabras: «El psicoanálisis nació, por decirlo así, con el siglo XX. La obra con la que apareció ante el mundo como algo nuevo, mi Interpretación de los sueños, vio la luz en 1900. Pero, naturalmente, no brotó de la roca ni cayó del cielo, sino que se enlaza a algo anterior, continuándolo, y surge de estímulos que somete a elaboración. Así, pues, su historia ha de comenzar por la descripción de las influencias que presidieron su génesis, y no debe pasar por alto tiempos y estados anteriores a su creación.» El tono impersonal de estas frases y la referencia irónica a la Biblia parecen destinados a desalentar cualquier aproximación mitologizadora y a subrayar la sobredeterminación que se encuentra en el origen de cualquier fenómeno humano.
La firme convicción determinista de Freud, su creencia en la determinación absoluta de todo acontecer psíquico, se aplica también, naturalmente, a su propia producción intelectual. Freud no se hace ilusiones respecto a su originalidad. Lo «original» no es algo irreductible ni indeterminado. En otro lugar se referirá a «la apariencia de originalidad científica que presentan las ideas nuevas, pues