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Con motivo de cumplirse este año el cincuentenario de la muerte de Sigmund Freud, hemos querido dedicar este número de la Revista a rendir homenaje a la memoria del fundador del psicoanálisis.
El psicoanálisis ha continuado evolucionando en estos cincuenta años, pero los desarrollos realizados hasta el presente, desde los que pueden ser considerados como «ortodoxos» hasta los más innovadores o «heterodoxos», giran en torno a las intuiciones originales de Freud.
La vigencia de Freud no es la vigencia de un saber constituido, sino la de un pensamiento abierto, en evolución y revolución permanentes. Enemigo de la rigidez de las formulaciones y de la eternización de las ideas, nunca se dejó tentar por la comodidad de las evidencias o las certidumbres adquiridas. Su lucidez y fortaleza de ánimo, que le llevaron a emprender su autoanálisis, también le permitieron cuestionar y replantearse constantemente los conceptos que iba elaborando a partir de su experiencia clínica.
Recordemos aquí sus bien llamadas «cartas heroicas» a Fliess, en las que le dice que ya no cree en su «neurótica», por lo que tiene que volver a pensar todo de nuevo. Cierto es que no era demasiado lo que arriesgaba en 1897, si lo comparamos con el viraje decisivo que hizo en 1920 al introducir la pulsión de muerte. Freud tenía entonces más de sesenta años y había producido una extensa obra que era valorada y reconocida internacionalmente. Pero el golpe que significó la guerra y el sufrimiento que le produjo lo llevaron a sospechar que nuestras vidas no estaban gobernadas por el principio de placer, al contrario de lo que había sostenido hasta entonces. Tenía que volver a pensarlo todo: el inconsciente, la pulsión, la transferencia, desde un más allá del principio de placer.
La obra de Freud es una obra terminada en 1939, pero, en la que sigue latiendo el sostenido impulso creador que la gestó y el amor a las ideas que están en vías de formularse, que incita al proceso del pensamiento a proseguirse indefinida