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Hasta el final de su obra Freud no renunció jamás a sus intuiciones del principio con respecto a la finalidad del análisis: levantar la amnesia infantil para hacer desaparecer los anacronismos de la vida psíquica. “La intención del trabajo analítico, como sabemos, es conducir al paciente a levantar las represiones de los comienzos de su desarrollo (tomada aquí la palabra represión en su sentido más amplio), para reemplazarlas por reacciones que corresponderían a un estado de madurez psíquica. Para lograr este efecto debe recordar ciertas experiencias y mociones afectivas suscitadas por ellas, unas y otras olvidadas en la actualidad (…). Lo que deseamos es una imagen fidedigna de los años olvidados por el paciente, una imagen completa en todas sus partes esenciales” (2).
Encontraríamos sin dificultad afirmaciones análogas desde los Estudios sobre la histeria, con algunas variaciones, y, en todo caso, desde los Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad.
Hay en el espíritu de Freud una sucesión lógica que es más o menos la siguiente:
Síntoma = retorno de lo reprimido, compromiso entre deseo y defensa, que remite a