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No
las palabras no hacen el amor
hacen la ausencia
si digo agua ¿beberé?
si digo pan ¿comeré?
La posición paradójica del lenguaje dentro de la experiencia humana reside en que éste une, pero también separa; nos permite tender un puente hacia el otro, pero es también un perpetuo recordatorio de nuestra soledad. Porque para poder acceder al lenguaje es necesario haber sentido el vacío de la ausencia del pecho; y, así, la comunicación verbal surge a falta de aquella primera comunicación, corporal y sin palabras, entre el niño y la madre. Sin embargo, los sonidos de la lengua materna no cesan de remitirnos a la relación oral con la madre, a esa comunión lengua-pecho cuya experiencia es necesaria para que su eventual abandono sea resuelto mediante la creación del pensamiento, los símbolos, el lenguaje y la diferenciación entre el mundo interno y el mundo externo.
La lengua materna lleva, por tanto, las huellas de esa primera relación, pero también de su pérdida, como lo atestigua la nostalgia, siempre presente, de una comunicación directa, sin la intermediación del lenguaje. El deseo de recuperar una fusión ilusoria con el cuerpo de la madre, que sacie de manera inmediata las carencias, impregna los versos de Alejandra Pizarnik; ellos expresan su rebeldía frente al