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1. Cuando abordamos a las psicosis sin dejar de situarnos en la problemática edípica, insistimos en dos hipótesis, a mi juicio, complementarias: a) que no podemos plantear un espacio dual, narcisístico o preedípico para las psicosis y otro triangular y edípico para las neurosis, y b) que el desenlace tanto de una neurosis como de una perversión o de una psicosis está siempre articulado a un sitio de fricción o de colisión entre lo narcisístico y lo edípico. Porque cabe sostener que Edipo sin Narciso o Narciso sin Edipo son abstracciones imposibles. Lo narcisístico es mudo, no habla por derecho propio, no se enuncia conflictivamente, sino desde la impronta edípica —es decir, “apres-coup”—, mientras que lo edípico, si habla con derecho propio, lo hace siempre desde la fisura que implica una posición narcisista resignada.
Situarnos en la problemática edípica, en su variante positiva y negativa, implica sobre todo enfatizar la cuestión del momento crucial que atraviesa el sujeto en el enfrenta-miento de una falta en ese Otro primordial materno que se descuenta como falo.
Freud mismo, en el caso Schreber (6), destaca como nuclear la cuestión de la homosexualidad en la psicosis paranoica. Todo partiría aparentemente de la frase ensoñada “qué bonito sería sentirse una mujer en el momento del coito”, pero aquí pongamos atención, no desde la palabra que interroga “¿qué desea una mujer?” —que para Freud se constituyó en el paradigma de la pregunta sobre el deseo y a la cual intentó responder como logoteta privilegiado—, sino desde la asunción plena de su goce.