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Hasta en las más recientes publicaciones psicoanalíticas sobre la música (Rechardt, 1987) no deja de hacerse la constatación de su escasez, tanto en forma absoluta, como comparativamente con las que existen sobre otras artes.
El tratarse de la más abstracta de todas las artes, como afirma Hegel (1835) en su Estética, puede ser una de las razones que explican este hecho y quizá el que la mayoría de los trabajos se hayan centrado en aspectos muy concretos como patografías y psicobiografías, eludiéndose aspectos más fundamentales que nos acerquen a su naturaleza (Handler Spitz, 1987).
Para. L. Haesler (1982) esta posición marginal de la música en la investigación psicoanalítica del arte y de la creatividad artística parece deberse a la misma naturaleza de la música, en la que, en oposición a otras artes, no puede hablarse de “contenido” o “significado” que puedan, claramente y sin ambigüedad, ser denominados en términos de lenguaje. La música obedece a unas reglas formales inherentes a sí misma que el lenguaje hablado no puede penetrar más que en forma aproximativa, de tal manera que “el mundo simbólico de la música no puede ser en forma alguna suficientemente abordado por el lenguaje”. “El lenguaje como símbolo y órgano de los fenómenos, nunca ni en ningún lugar, puede apuntar a la más profunda e íntima susbstancia de la experiencia musical” .