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La actitud destructiva y autodestructiva, en cualquiera de sus manifestaciones, me lleva a analizar el problema de la culpa y de los duelos patológicos en relación con la agresión y las guerras.
La culpa parecía ser el principal resorte de la vida moral de la antigüedad y la venganza corría pareja con ese sentimiento. Las tribus primitivas solían practicar rituales de expiación para aplacar los espíritus de los enemigos matados en las guerras.
He sugerido la existencia de dos calidades de culpa: la culpa persecutoria y la culpa depresiva, para comprender la naturaleza de la conducta normal o patológica, tanto en el contexto individual como en el del grupo. La culpa persecutoria es la que interviene predominantemente en la característica confusional de la época en que vivimos, que se manifiesta con mayor intensidad en el contexto de las luchas sociales y mucho más en el de las luchas armadas de la guerra. La guerra atómica expone a la humanidad a enfrentarse con la “catástrofe persecutorio-depresiva”, derivada del hecho de que ya no pueden quedar separados el objeto odiado y el objeto amado, sino que quedan confundidos en una sola destrucción y autodestrucción.
Lo más significativo es que se niega la culpa porque creemos que no depende de nosotros el que el habitat terrestre se transforme en un ambiente letal para todos, y los responsables político-militares creen que es un mal necesario