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Alexander Mitscherlich, al recibir en 1969 el premio de la paz de los libreros alemanes, finalizaba su conferencia con estas palabras: “De cualquier forma que sea el mundo en el futuro, sólo permanecerá habitable, si no perdemos de vista la felicidad e infelicidad de los individuos” (Mitscherlich, O.C., V, , p. 375). Pero precisamente en las épocas en las que se preparan las guerras, y durante su proceso, nadie se interesa por la felicidad o infelicidad de los individuos. La guerra suspende las normas y valores que habitualmente rigen. Mientras el asesinato y el matar en las sociedades civilizadas se castiga con la prisión, la aniquilación física de las personas es la tarea suprema de los que toman parte en una guerra; más aún se condecora a quien la efectúa. A la vez se reprimen las inhibiciones que existen habitualmente de matar y autodestruirse, propias de la vida civil. Al igual que la guerra presupone la regresión emocional de los que en ella participan, del mismo modo su capacidad de comprensión y de pensar queda limitada, vulgarizada, simplificada. En el “estado de excepción” que significa la guerra, una visión diferenciada del mundo resulta inapropiada; en determinados y abundantes casos es penada y sancionada. El mundo queda dividido en bien y mal; todo lo bueno es atribuido a la propia facción, todo lo malo es adjudicado al enemigo.
Las guerras de agresión y de conquista, también aquellas originadas en motivos aparentemente irreprochables por su nobleza, honestidad y moralidad —todas las guerras reivindican esta pretensión— producen siempre infelicidad a los hombres. Cuando hablo de guerra me refiero a las guerras de agresión y conquista, que tienen como objetivo la expansión del poder, el fortalecimiento de la dominación y el establecimiento de la