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Los fenómenos de mases fueron considerados por Ortega y Gasset (1929) como “el hecho más importante de nuestro tiempo” (p. 61). En La rebelión de las masas, Ortega trata de la sinrazón del “hombre masa”, de su vulgaridad, de su tendencia a reaccionar violentamente y de su carácter incivilizado o “antihistórico”. Con esto último, parecía estarse refiriendo a aquello sobre lo que Freud escribiría precisamente el mismo año en El malestar en la cultura: “(La) sustitución del poderío individual por el de la comunidad representa el paso decisivo hacia la civilización” (p. 3036).
Según Ortega, “La civilización no es otra cosa que el ensayo de reducir la fuerza a ultima ratio. […] La acción directa consiste en invertir el orden y proclamar la violencia como prima ratio” (p. 132). Del hombre masificado moderno y sus reacciones instintivas, dijo Ortega: “Sus ideas no (son) efectivamente sino apetitos con palabras” (p. 131). A esto podría uno responder lo que Séneca en sus Epístolas morales contestó a Licinio: “Todos ellos son vicios del hombre y no sólo de nuestros tiempos”. En efecto, no es necesaria mucha perspectiva histórica para darse cuenta de que las citadas características del hombre-masa no son exclusivas de la era moderna. Por el contrario, una de las constantes en el estudio de la psicología de los movimientos de masas es su similitud a través de los tiempos y latitudes.
Por otra parte, a pensadores de todos los tiempos ha llamado la atención el hecho de que el ser humano entre la muchedumbre pueda, en determinadas circunstancias, comportarse de modo muy distinto de cómo lo haría si no formase parte de una masa. Sociólogos y psicólogos han debatido