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Freud (1), (2), (3), definió la pulsión agresiva como aquella parte de la pulsión de muerte que se dirige hacia el exterior con la ayuda de la musculatura. La consideraba un derivado secundario de la autoagresión; pues la pulsión destructiva dirigida contra sí mismo sería la primera expresión de la pulsión de muerte, el origen de la agresividad. A partir de 1923 (2) pulsión agresiva se hace sinónimo de pulsión destructiva contra el mundo y otros seres vivos. M. Klein y su escuela dedican especial interés al estudio de la pulsión de muerte. En “Sobre el desarrollo del funcionamiento mental” (4), Klein destaca que cuando se refería a los procesos de vida y de muerte no los consideraba de naturaleza biológica sino la base pulsional real del amor y del odio. Como es sabido, para ella, desde el nacimiento se va desarrollando un yo incipiente que, a partir del objeto bueno introyectado, contrarresta la pulsión de muerte.
Aunque es conocida la controversia entre los psicoanalistas, acerca de la naturaleza de las pulsiones, no trataré aquí de la misma. Con independencia de la naturaleza, biológica, psicológica o simplemente conceptual de la pulsión de muerte, si existe una situación humana donde cobra importancia esta idea, es en la guerra.
Poco, quizá nada útil, puede decirse sobre la guerra; sobre todo cuando se está en guerra y las teorías o intelectualizaciones tienen el cruel contraste de la realidad. A pesar de todo, la guerra, esta manifestación de la naturaleza humana —exclusivamente de la naturaleza humana— sigue retando a nuestro intelecto y nuestra capacidad de reparación. El primer reto, la primera demanda, es su explicación. “¿Por qué