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“La simple alabanza de la paz es fácil, pero inefectiva. Lo que se necesita es la participación activa, combativa en contra de la guerra y de lo que conduce a ella”, escribía Albert Einstein en 1953, en una carta a la “Jewish Peace Fellowship”. ¿Qué hacer?
Es indiscutible que pensar con las categorías amigo/enemigo es el presupuesto psicológico que prepara la guerra. Una vez que la guerra estalla, toda nación que participa en ella y sus pueblos se consideran simplificadoramente como el bien absoluto. Con la ayuda del perverso enemigo olvidan todos los conflictos y deficiencias en el propio país. Las imágenes del enemigo aparentemente sirven para desviar la mirada de la propia agresión y para ocultar los propios problemas. Conocemos la tendencia universal a retroceder hacia tales primitivos mecanismos psíquicos. Sin embargo, resulta terrible tener que volverse a confrontar con estos hechos en nuestro mundo occidental, del que esperabamos actitudes más ilustradas, más capaces de sobrellevar los conflictos y, psicológicamente, presumiblemente más diferenciadas.
Liberarse de pensar con el esquema de blanco y negro, y solucionar los conflictos políticos diplomáticamente es el presupuesto de la paz. Pero precisamente esto carecería de sentido, según Enzensberger (*), cuando el enemigo es un “enemigo del género humano”. Y prosigue: Cualquier política