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Por una serie de motivos que no viene al caso citar, siempre ha tenido para mí una especial relevancia el psicoanálisis aplicado, especialmente a la literatura. No voy a dedicarme aquí y ahora, desde luego, a enumerar los valores que indudablemente atesora esta sana actividad; pero sí resaltaré, cuando menos, la importancia que su práctica constituye para poder mantener en forma los instrumentos característicos de la función psicoanalítica. Y creo no exagerar si afirmo que, a este respecto, uno de sus desempeños más fecundos viene del lado de la investigación científica, y desde ahí por el fomento del desarrollo teórico —sin que esto suponga ninguna merma en la primacía que la clínica ejerce al respecto. Esta sería la razón para que, en definitiva, me haya tomado en esta ocasión la licencia de sustituir el soporte clínico habitual por un texto literario y algunos aspctos biográficos de su autor, a la hora de abordar psicoanalíticamente el complejo campo de la comunicación humana.
Estamos asistiendo, actualmente, a un intenso y apasionado debate sobre distintos apartados de la teoría y la técnica del psicoanálisis. Algunos de los interrogantes en litigio podrían correponder a: ¿Hasta qué punto un aparato mental primitivo es capaz de establecer una relación significativa —y subrayo lo de significativa— con sus objetos externos?, ¿cómo se fundan y funcionan las fantasías inconscientes?, y, ¿hasta dónde se relacionan éstas con las representaciones de cosa?, o, por fin, ¿cómo y cuándo reaparecen los complejos psíquicos fijados durante la infancia?