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El objetivo principal de la formación de un psicoanalista es el de la “familiarización” con el inconsciente; el aprendizaje, con unos profundos componentes y raíces emocionales, para entender esa forma distinta de procesamiento de los contenidos psíquicos que ocurre fuera del campo de la conciencia. En este aprendizaje es prioritaria la experiencia del análisis personal en el que se exploran los propios procesos y contenidos inconscientes del futuro psicoanalista. En el proceso de convertirse en psicoanalista es una exigencia determinante este singular proceso de autoconocimiento, y el proceso de cambio personal que conlleva, a fin de poder llegar a utilizar la propia personalidad como instrumento princeps de conocimiento, y agente terapéutico en la futura labor psicoanalítica.
Sin embargo, este intento de familiarización con el propio inconsciente es ya una exigencia paradójica. Lo inconsciente es por definición inabarcable, ominoso, “no-familiar” (unheimlich), y este proceso de convertirse en psicoanalista es un objetivo que nunca se alcanza definitiva y completamente. Hay importantes tendencias y razones en nuestro propio psiquismo que se oponen a este proceso de afloramiento a la conciencia, y que tienden a anularlo, lo que nos exige estar permanentemente atentos. Freud nos aconsejaba la conveniencia de “refrescar” de tanto en tanto nuestro análisis personal.
En otras ocasiones me he referido a la continua “revolución epistemológica personal” que implica la difícil aventura de hacerse psicoanalista, de este aprendizaje de usar el propio aparante mental con otra “lógica” y otra sensibilidad distinta