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Es muy difícil expresar con palabras el resultado de las transformaciones que observamos durante el proceso psicoanalítico y que llevan a que un día el analizado se enfrente a la idea de terminar su análisis porque se siente capaz de dejar a su analista y, sobre todo, de continuar en soledad. Winnicott consiguió hacernos sentir algo de esto cuando escribió que “la capacidad para estar solo en presencia de alguien”, constituye un elemento esencial de la madurez psíquica.
También el autor cree, con Melanie Klein, que los cambios en la vivencia de la soledad son un medio muy importante para apreciar la evolución afectiva y el nivel de integración psíquica que podemos alcanzar, tanto durante el desarrollo de cada individuo como durante el proceso psicoanalítico.
En efecto, en la situación analítica, el analizado vuelve a vivir experiencias emocionales con las personas importantes de su infancia, reproduciéndolas y rememorándolas en el marco de la relación transferencial que se establece con la persona del psicoanalista. En la transferencia, el analizado revive la angustia de estar separado y solo, sobre todo al final de cada sesión; durante los fines de semana y las vacaciones; y al enfrentarse con la perspectiva del final del análisis. Pero, al mismo tiempo, gracias a las interpretaciones transferenciales dadas por el analista, el analizado podrá elaborar tales experiencias y será capaz de sacar partido de ellas. La