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”… Si quería podía empezar a recordar todo lo que había ocurrido. Le bastaba un pequeño esfuerzo. Pero así como estaba se sentía bien, con esa cortina opaca que la aislaba… Apartó resueltamente su pensamiento, se negó a examinarlo y dedicó todos sus esfuerzos a levantar una barrera segura entre ella misma y lo otro. Como un insecto urde su capullo para hacerlo más espeso y resistente, así su mente trataba de consolidar ese fino tabique, el punto amenazado de su ser”.
Paul Bowles, El cielo protector
Hace ya algún tiempo, una colega se puso en contacto conmigo para preguntarme si podría hacerme cargo del tratamiento de un adolescente que había sido paciente suyo de niño.
Me comentó que había estado en análisis infantil con ella durante 6 años, y que actualmente creía conveniente que retomara tratamiento; que ella no podía cogerlo en ese momento y por otra parte, pensaba que necesitaba un terapeuta varón, dado que las relaciones con el padre no eran buenas por entonces.
Me adelantó que Enrique había sido un bebé prematuro y que había habido muchas historias de muerte cerca de él. Ella consideraba haber hecho un análisis infantil del cual