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El psicoanálisis no dispone de una teoría completa sobre la génesis del sentimiento de la identidad sexual. La representación que cada uno se hace de su identidad sexuada (soy un chico; soy una chica), así como de su identidad sexual (masculmidad-femenidad) depende tanto de factores innatos como adquiridos. Si el psicoanálisis puede aportar una contribución específica sobre este tema, es en la medida en que el sentimiento incontestable de la identidad sexual del adulto encuentra su origen en las experiencias de la primera infancia, las cuales son moduladas en gran parte por el impacto del inconsciente parental.
Se ha dicho que el sexo, desde su origen en tanto que es una representación psíquica, preserva unos vínculos privilegiados con la mirada. El ojo infantil ávido de saber detecta muy pronto, antes incluso de que acabe el segundo año de vida, esta visible diferencia entre los cuerpos, los cuales se convertirán desde entonces, en cuerpos sexuados.
En los niños de ambos sexos reina una inquietud sobre el sentido de esta revelación. Lo que hasta ese momento, ha sido para el niño un conocimiento corporal fundado en el tacto y el contacto con el cuerpo materno, así como en los estados de diversas excitaciones, se convierte de pronto en un objeto que tiene un nombre, que te señala como perteneciente a un clan, y por ello, como excluido para siempre del otro. Evidentemente, este saber no se adquiere sin dolor, pues el niño, narcisista y megalómano, quiere ser y tener a