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Sabemos que para Freud la castración en la mujer “ya ha sucedido”. Otros muchos autores, aunque para ser más precisos hay que hablar aquí de autoras, difieren de este planteamiento, y vemos que Lou Andreas Salomé le escribe una carta a Freud el 19-12-17, diciéndole: “La angustia de la chica se relaciona más a menudo con el miedo de una incapacidad de lograr una maternidad” (carta citada por F. Duparc en “La peur des sirénes”, Rev. Spcichanal. Fran, 2/86, pág. 716). En 1932, Melanie Klein escribe: “Para ella el miedo más profundo sería que el interior de su cuerpo sea robado o destruido” (M. Klein, Psicoanálisis de niños, cap. 9, págs. 319-61). Son ideas diferentes sobre la amenaza de la castración en la mujer.
Yo quisiera hablar aquí del momento en que la castración biológica para la mujer “ya ha sucedido”. Biológica en el mismo sentido del enfoque de Freud (no hay pene), pero partiendo de la idea de L. Andreas Salomé y M. Klein, la que corresponde a la capacidad procreadora, que existe en el interior del cuerpo femenino.
Para A. Green (Narcissisme de vie, narcissisme de mort, pág. 226): “La angustia de castración… es evocada en el contexto de una herida corporal asociada a un acto sangriento”. Una herida sangrienta, roja. Sin embargo, la verdadera castración de la mujer no es sangrienta. Ocurre sin ruido, sin color. Siguiendo a A. Green, “en el psicoanálisis de los depresivos no es más que un producto secundario (se refiere a la depresión), más consecuencia que causa, de una angustia blanca traduciendo la pérdida sufrida a nivel narcisístico”.
Pues bien, para la mujer la castración biológica se traduce por una pérdida sufrida a nivel narcisístico, sin sangre, sin ruido, por lo que la he llamado castración blanca. Es la