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Las huellas que el ser humano ha ido depositando a lo largo de su historia permiten la lectura de un fenómeno siempre presente por inacabado, referido al deseo de encontrar respuestas a los interrogantes que su existencia le procura.
Situado como observador de su entorno físico y social, el sujeto se configura como objeto enigmático de sí mismo, apresado en un cosmos que no puede ignorar, le remite inevitablemente al interrogante tratando de encontrar explicaciones y significados para aliviar el dolor de la incertidumbre, de lo desconocido, en última instancia del miedo a la aniquilación. Impulso a conocer porque en ello le va la vida, diezmadas sus defensas biológicas como especie, sólo su cerebro se potencia para la defensa y el subsistir, su pensamiento es su mayor aliado al mismo tiempo que la causa de su sufrimiento psíquico que le impulsa a conocer lo desconocido; con razón se le ha denominado instinto epistemofílico, término que trata de conceptualizar aquello que intrínsecamente está ligado al ser sin posibilidad de opción, pues sólo la enajenación, la muerte psíquica, como aparece en las patologías más graves, logra detener ese proceso que comienza con la vida misma; sólo la muerte física o psíquica sitúa al ser en ese punto donde la huella humana se fosiliza.
Una de las funciones esenciales del lenguaje “consiste en conferir al mundo en que vivimos una estructura simbólica, una unidad de sentido” (Sami Ali, 1979, pág. 61). La palabra, encuadre del mundo, vehículo de comunicación y conservación de las ideas, es portadora de verdades parciales, eslabones de un continuo proceso de expansión del conocimiento, pero no siempre tiene ese destino, la palabra es también portadora del engaño, del encubrimiento y de la falsedad,