You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
El pintor, que en 1656 logró con este cuadro, como muchos han dicho, la universalidad, se encontraba en ese momento no sólo en la cumbre de su arte, sino también muy próximo a la familia real, a quienes pintaba desde hacía muchos años. Este cuadro, además, se llamaba en su origen La familia real.
En este breve estudio desearía analizar esta obra maestra, no tanto desde el punto de vista pictórico como psicoanalítico, aunque es bien difícil separar ambos, lo que corresponde al arte del pintor y lo que pertenece a nuestra formación psicoanalítica, que responde con su propio lenguaje a la inspiración, desde la emoción que se siente frente al cuadro.
Mi objetivo es, pues, analizar, a partir del lugar que ocupa el sujeto pintado por Velazquez, la relación que mantiene con ese sujeto y así comprender cómo el trabajo de este gran pintor nos pone en contacto profundo -como a veces el psicoanálisis- con una verdad universal humana.
Cuando un pintor pinta su modelo se sitúa frente a él y sólo es a este modelo que contemplamos en la obra acabada. No hay ambigüedad acerca del lugar que ocupan uno y otro en el espacio desde la distancia que los separa. Allí donde se encuentra el pintor, el modelo no está y donde el pintor, el modelo no está. Cada uno conserva su identidad a través de esa clara delimitación del espacio que ocupan.
El problema se hace más complejo cuando el pintor se pinta a sí mismo: se desdobla o se mira como en un espejo, de tal forma que se sitúa como un modelo que él observa,