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Teresa consultó a los 35 años, luego de dar a luz su tercer hijo vivo. Tenía un estado de parálisis aterrada alternante con momentos de somnolencia abúlica, afectos que arreciaban cuando debía encarar una realidad: su marido mantenía un vínculo extramatrimonial. Teresa pertenecía a una familia opulenta que hacía ostentación de sus riquezas, y su marido, a una clase económicamente inferior, por lo cual ella tenía la convicción muda de que sólo estaba interesado en su dinero.
La paciente no consultó por propia decisión, sino traída por su hermana, dos años menor. Durante mucho tiempo el análisis se centró en torno de esta alternancia entre una dócil e indiferente apatía, y el terror ante los atisbos de un pensamiento lúcido, cuya eficacia abortaba a través de estallidos de furia que la dejaban otra vez abúlica.
Tenía la sensación de ser un monstruo, a lo cual la obesidad, derivada de un comer excesivo (alternante con momentos de anorexia), hacía de presunto aval. Vestía casi andrajosamente y con mal gusto, a diferencia de su hermana y sus padres, pero de un modo similar a su suegra, como reafirmando un origen diverso del aparente. Del mismo modo, pese a su origen judío, al comienzo del tratamiento ostentaba una cruz colgada al cuello, igual que su suegra. Describía a su hermana como inteligente, elegante y muy hermosa, y se autodenigraba, como cuando se comparaba con la amante de su marido.
Frecuentaba a espiritistas y videntes en la tentativa de neutralizar sus crisis de pánico y su parálisis, y parecía darle a la analista un valor similar. Pese a ello no creía lo que ésta