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Como ejemplo, podríamos aplicar a David una parafrasis de Rabindranath Tagore: “Mi cuerpo es una prisión en donde aquel a quien encierro, llora…”.
En el Congreso Internacional de Psicoanálisis de Montreal, mi compatriota André Lussier nos habló acerca del tratamiento de un niño focomélico y del papel central de la confirmación narcisista en la integración del esquema corporal; insistía en la depresión profunda de “no-existencia” que sigue al enclaustramiento del acuerdo narcisista madre-hijo. Comparando la gravísima enfermedad congenita a otros traumatismos físicos de menor importancia padecidos por pacientes adultos, André Lussier recordaba que la angustia desproporcionada provocada por estos traumatismos a menudo tiene por fin enmascarar y señalar la angustia de castración.
¿Cómo podemos comprender este problema cuando se trata de un traumatismo mayor que entraña un handicap gravísimo y definitivo?
Se nos plantean dos cuestiones: Primera, ¿es posible renegociar la angustia de castración cuando alguien ha perdido realmente su cuerpo? Segunda, ¿puede aún la angustia de castración servir de motor cuando, sin ninguna esperanza de curación, se ha perdido la motricidad?
Cuestiones realmente angustiosas que nos sitúan en la bisagra entre la realidad psíquica y la física, en el mismo corazón del psicoanálisis.
Cuestiones que implican al mismo psicoanalista en su doble realidad: la contra-transferencia, instrumento de conocimiento