You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
Freud escribió en 1919 un magnífico artículo que tituló “Das Unheimliche” (Freud, , XVII, 215–251)*.
Dicho título fue traducido al castellano por Ludovico Rosenthal, en 1943, como “Lo siniestro”, y más recientemente, en 1976, por José Luis Etcheverry (Amorrortu) como “Lo ominoso”.
Debo comenzar contradiciéndome. Sé que no se puede ejemplificar lo siniestro. El único ejemplo eficaz sería aquel que consiguiera producir en el lector, en el momento mismo de la lectura, una vivencia ominosa. Pero el efecto ominoso no se puede producir deliberadamente. Y tampoco sirve el contar las vivencias siniestras de otros: la experiencia de lo siniestro no es transmisible. Cuando se la pone en palabras deja de ser siniestra.
Pero ya que lo siniestro no se puede ejemplificar –aunque sí definir: en el registro de la sensación sería “lo familiar que ha devenido extraño”–, necesito al menos sugerir algunas posibles situaciones, reales o imaginarias, en relación a las cuales pueda “jugar a suponer” cómo será esa vivencia ominosa de la “extrañeza de lo íntimo”.
Ejemplos que pretendo correspondan, respectivamente, a las cinco variantes que más adelante se van a sugerir:
1. Un inesperado e incomprensible ruido nocturno –un desgarrador grito en la noche, por ejemplo– podrían producirnos un efecto muy particular, de “inquietante extrañeza”.**