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Es bien sabido que en la asistencia pública sólo una minoría (se dice que un 5 por 100) de los pacientes serían candidatos adecuados para un psicoanálisis clásico. En esta Asociación he dado un seminario sobre Analizabilidad. En él los alumnos y yo hacemos un ejercicio comentando e imaginando circunstancias clínicas que hagan que un paciente no deba, no pueda o no quiera hacerse un psicoanálisis. Nunca nos ha resultado difícil pensar en multitud de situaciones en las que un paciente, por ejemplo, deba y pueda analizarse, pero no quiera; o quiera y deba hacerlo, pero no pueda; o pueda y quiera analizarse, pero no deba, etc. Es en todas estas situaciones (la mayor parte de los casos) que el analista ha de plantearse la indicación de una psicoterapia.
En 1951, Leo Stone escribió sobre las circunstancias clínicas que impiden la indicación de un análisis. Su conocida lista sigue siendo válida: (1) las limitaciones de tiempo y de dinero, (2) la patología muy grave o las circunstancias vitales muy poco propicias, (3) el caso contrario: la levedad de la psicopatología, (4) los trastornos reactivos agudos, (5) los estados transitorios debidos a reajustes psíquicos (como un duelo normal) o una fase evolutiva (como la turbulencia propia de la adolescencia), (6) la necesidad de un trabajo preparatorio que haga posible para el paciente el interesarse en la introspección, (7) ciertas caracteropatías o patrones de conducta que requieran enfoques más activos, (8) obtención de excesiva ganancia secundaria (punto discutible) (p. 225). Esta lista es, en realidad, una ampliación ordenada a partir de las contraindicaciones formuladas por Freud en 1905, en su artículo sobre psicoterapia. Stone no incluyó en sus consideraciones