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En 1987, el Libro Anual de Psicoanálisis publica un artículo de Hanna Segal titulado “El verdadero crimen es callar”, citando a Nadejda Mandelstam: “El verdadero crimen contra la humanidad es callar (Hope Aigainst Hope, )”.
Cuando lo leí tuve la gran satisfacción de constatar que una profesional reconocida en el mundo psicoanalítico se comprometía con su palabra en la denuncia de la amenaza de destrucción que para la humanidad supone la carrera armamentista nuclear.
Soy consciente que citar a H. Segal al comienzo de estas líneas significa para mí un aval de lo que a continuación voy a exponer, pues la experiencia me ha demostrado que en las ocasiones que he manifestado lo que considero un compromiso social de aquellos que pertenecemos al mundo de los intelectuales, contribuyendo con nuestros conocimientos a esclarecer, informar y mentalizar a la sociedad de comportamientos que atentan contra la misma, ha suscitado una reacción de escepticismo, en el mejor de los casos, o considerarlo un pensamiento desviacionista que entraña el peligro de sociologizar el psicoanálisis.
El tema que hoy nos ocupa no es el peligro nuclear, la destrucción del hombre por el ingenio tecnológico creado por él, sino la destrucción del hombre por el hombre.
No obstante, voy a citar algunos párrafos del artículo de H. Segal por considerarlos pertinentes al caso: “Este artículo forma parte de mis esfuerzos para lograr que los psicoanalistas participen de manera activa para evitar lo que considero se funda en la locura…”; “en el genocidio aparece un elemento adicional: debe presentarse la víctima no sólo como inhumana, sino además como subhumana…”; “la omnipotencia