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La última teoría pulsional de Freud, que en 1920 introdujo el concepto de pulsión de muerte, es vista por muchos como un punto de inflexión en la concepción psicoanalítica sobre la auto y heterodestructividad en el ser humano.
Mi propósito en este artículo es cuestionar esta supuesta revolución teórica, no desde el planteamiento habitual acerca de la pertinencia o no del concepto de pulsión de muerte, sino desde la constatación de que su aporte es poco significativo. Dicho en otras palabras, las referencias de la teoría psicoanalítica acerca de las distintas manifestaciones de la violencia humana pueden ser indistintamente formuladas acogiéndonos a cualquiera de las teorías pulsionales que formuló Freud, sin que de estos usos se desprendan diferencias significativas. Esto me hace pensar que se trató más de un cambio imaginario que de una modificación estructural del edificio teórico-psicoanalítico.
Desde sus primeros planteamientos teóricos, el factor agresivo era para Freud una característica intrínseca a la pulsión en general. Se trataba, como lo señaló en 1909, en Análisis de la fobia de un niño de 5 años, de lo que es un carácter universal e insoslayable de todas las pulsiones, a saber, lo pulsional, lo esforzante en ellas, lo que podemos describir como la aptitud para dar un envión a la motilidad (págs. 112-113).