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Para Erik H. Erikson, la que es su octava y última etapa del desarrollo “epigenético” se centra en la crisis que implica “Integridad” versus “Desesperanza”. Ello otorga un punto de partida para la discusión psicoanalítica de los desenlaces alternativos de una “buena” o una “mala vejez”.
En el polo de la “Integridad” (que nos acerca a una “buena vejez”), el Ser se describe como culminación del “Haber sido”, el “Ser aún” y la capacidad de confrontar el inescapable “Dejar de Ser”.
Por oposición, en el polo de la “Desesperanza” hay una negatividad del Ser, que anula la historicidad de la trayectoria vital y sólo puede verla en su desgracia o reducirla a una retrospección banalizada (muchas veces no sin razón), una misantropía aislante, un vaciamiento del tiempo del “Ser aún” y la incapacidad de tolerar la confrontación con el “dejar de Ser”. Ello puede traducirse en formas clínicas de “malas” vejeces; caracterizadas por la apatía de una muerte en vida, por la depresión, o por las reacciones de negación que encontramos en vejeces paranoides (persecutorias y megalomaníacas) y en las reacciones maníacas de algunos ancianos. El desprecio por sí mismo, manifiesto u oculto, se encuentra en el fondo de estas reacciones (Erik H., Erikson, 1959).
La conceptualización de Erikson adolecede de una falta de sustanciación específicamente psicoanalítica y tiene un valor general que remite más bien a una ética amplia del Ser y el vivir en la vejez y, al sentido, que en un plano descriptivo, delimita aspectos esenciales de la oposición entre una “buena vejez” y una “mala vejez”. Sin embargo, su énfasis en la estructura del Self y la relación con la historia, “culminación del haber sido” (Erik H., Erikson, 1959), permite abrir