You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
Tener que partir de la idea de los cambios producidos en un determinado terreno o en una temática cualquiera es en nuestros días no sólo una moneda corriente, sino incluso una moneda muy celebrada, porque es una nueva ocasión de afianzar nuestra siempre buscada autoestima que nos va a situar en una posición de privilegio respecto de otras épocas o momentos supuestamente menos afortunados.
Pero cuando esa idea está articulada con un establecer o un poner de relieve algunas consideraciones psicoanalíticas al respecto ya la cosa toma otro cariz, porque aquella idea que fácilmente se desliza hacia el mantenimiento de la creencia en una línea de progreso continuada y de constante evolución positiva, necesariamente va a ser contrapuesta al tipo de cambio o de progreso que se produce en el devenir psíquico y que, a los ojos de lo que la práctica psicoanalítica encuentra, está marcado por un discurrir siempe dialéctico y por tanto compuesto de avances y retrocesos a la vez.
Por algo el psicoanálisis se ocupa de aquello que insiste, de aquello que se repite en el devenir histórico de cada sujeto y, en ese sentido, conceptualiza la neurosis como aquello que del pasado (perteneciente a la sexualidad infantil reprimida) insiste con carácter repetitivo y busca modos de reorganización a partir de la constitución de un síntoma.
De todos modos, por lo que respecta a nuestra temática referente a los «cambios psíquicos de la mujer a final de siglo» ya los historiadores1 nos señalan de entrada que pensar en que la libertad de la que hoy disfruta la mujer es la coronación de un proceso histórico continuo, que va desde el oscurantismo supuesto de otras épocas pasadas a las conductas abiertas de nuestro tiempo,