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«[…] el pensamiento es un acto carnal»
TERTULIANO,1 De anima-Apologética
Después de un largo silencio, y de llorar callando, me dice entre sollozos: «Es una historia de barra de labios…».
Casandra tiene 40 años, es morena y pulposa, en análisis desde hace tres años, me parece estar en el cenit de su belleza, distinta de la hermosa mujer convencional que en su momento me pidió un tratamiento. Lo entendí inmediatamente, y una gran emoción me embargó mientras que Casandra seguía: «La barra de labios, la primera, es la que se le roba a la madre, luego se olvida, se pone “de memoria”, sin necesidad de espejo, ni de pincel, ni de lápiz, los labios quedan perfilados de forma natural, el color se extiende él sólo. Y de repente llega imperceptible e inexorablemente el día en el que hay que rendirse a la evidencia: el pintarse los labios necesita la atención y el cuidado del trazo. No se nota, pero nosotras lo sabemos…». Dijo «nosotras» ¿A quién se dirigía? ¿A su analista solamente, o a todas las mujeres? Poco importa, pero allí estábamos ella y yo, turbadas. Yo me decía que ahí mismo estaba la definición de la nostalgia, etimológicamente = dolor (algia) de un retorno = (nostos) que no puede hacerse. Me pregunté: ¿cómo hubiese yo acogido esa confidencia —yo la vivía como tal en función del afecto compartido— hace diez años? ¿Casandra hubiese dicho «nosotras»?, en la transferencia, probablemente, ¿pero en la contratransferencia? ¿Hubiera podido hablar así a un analista hombre? ¿Cómo hubiera él comprendido este material?
Casandra continúa, me habla de las modificaciones tisulares, sale en ese momento de la tristeza, lanzándose en un discurso científico, el de su profesión. Pienso que se trata de una manifestación defensiva de buen pronóstico, y recuerdo las dificultades que tuvimos para encontrar lo que tenía que ver