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Si tuviera que subtitular mi artículo tendría que hacerlo así: «Algunas reflexiones sobre la transferencia erotizada que se produce en las curas psicoanalíticas de pacientes hembras con psicoanálisis varones». Con esto pretendo encuadrar y limitar las consideraciones que voy a hacer a continuación.
Partiré para ello de una viñeta clínica, un recuerdo que, en su época, me marcó bastante y que hasta ahora, por diferentes razones (una de ellas la discreción), no me había decidido a publicar.
Hace ya bastantes años, una paciente que había iniciado un tratamiento psicoanalítico conmigo aproximadamente un año antes, me telefoneó a una hora avanzada de la noche. Comenzó por preguntarme si yo la había llamado a ella. Al responderle, un tanto asombrado, que no lo había hecho y al inquirir por el motivo de su llamada, me confesó que lo había entendido todo. Que desde hacía poco tiempo había percibido mi profundo enamoramiento por ella. Que ella sabía, porque lo había leído en alguna parte, que este tipo de relaciones entre analista y paciente no eran lícitas ni compatibles con la prosecución de su cura y que, por lo tanto, eso iba a echar al traste su tratamiento, lo cual le dolía, pero que si ese era mi deseo, ella estaba dispuesta a sacrificarse y a iniciar unas relaciones sexuales conmigo. Insistió en el hecho de que, pese a que yo lo hubiese negado, ella estaba segura de que yo la había llamado esa noche y que estaba a mi total disposición. Pondré a cargo de la confusión y de la sorpresa que tal llamada intempestiva y la declaración consiguiente causó en mí el hecho de que no consiga recordar muy bien cómo manejé, en aquel momento, la situación. Sé que insistí, quizás con demasiada rotundidad, en decirle que yo no la había telefoneado —todo el mundo sabe lo inútil de este procedimiento ante un delirio— y le dije que sería importante que pudiéramos hablar de todo aquello en la sesión siguiente.
Mi sorpresa se acrecentó cuando, en dicha sesión, la paciente no aludió siquiera a