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No tengo la intención de hablar de la histeria como entidad nosográfi-ca o estructura psicopatológica, que sólo nombraré de pasada, sino más bien de la relación histérica, del funcionamiento psíquico del histérico, tal y como podemos percibirlos en la vida cotidiana y entenderlos en los tratamientos psicoanalíticos, es decir, como forma de aproximación y de fuga del objeto en tanto es un lugar de proyección de la excitación pulsional.
Quisiera, para comenzar, poner el acento sobre las dos vías teóricas que nos permiten comprender la clínica.
La primera es la del desarrollo de la libido, en la que Freud nos inició. Se trata de comprender cómo un aparato psíquico se pone en marcha frente a las excitaciones pulsionales que lo ponen en dificultades.
La segunda es la que privilegia la relación con los objetos y sus vicisitudes. Es cierto que no existe la pulsión sin el objeto que le sirve de revelador.
Sin embargo, es importante diferenciar el objeto de la pulsión, del objeto de las relaciones objétales. El primero, se supone que aporta la satisfacción y es, como dice Freud, contingente, intercambiable y desplazable; siendo además objeto de la investidura erótica de las pulsiones parciales. El segundo, en cambio, tiende a ser fijo, ya que devuelve a los objetos primarios, a la investidura de la persona total. Es el objeto de la pérdida, de la pérdida de objeto, aquel por el que, en la melancolía, el Yo puede amputarse una parte de sí mismo con el fin de reemplazarlo, ya que es único e irreemplazable.
Las teorías de la relación objetal que se desarrollaron a partir de Melanie Klein y especialmente las de Bion y Winnicot, han aportado esclarecimientos importantes para el abordaje de estructuras tales como las llamadas