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En 1885 Freud encuentra a Charcot y 110 años después podemos preguntarnos ¿qué hemos hecho de la histeria, cómo la hemos comprendido, olvidado, vuelto a valorar? La histeria que, por definición, implica una relación de similitud captativa y dominante entre el mundo psíquico y el entorno o entre lo intrapsíquico y lo relacional.
Esta relación, que en las neurosis «banales» supone una manera de pensar el mundo y su vinculación con uno mismo, la encontramos en la histeria bajo el signo de las actuaciones, las dramatizaciones y exacerbaciones más próximas del polo motor que del pensamiento.
Las constantes actuaciones dramatizadas del histérico intentan forzar las similitudes, las analogías; dominar por la fuerza de la excitación, controlar y poseer a las personas de su entorno.
La histeria, sin embargo, es la fuente de la que se nutre todo el psicoanálisis, donde se desarrolla, evoluciona, se enriquece. De la histeria nacen todas nuestras teorizaciones, ya sea para negarlas o renegarlas, o para ensalzarlas o idealizarlas.
Por eso, nuestros intentos repetitivos de conceptualizar las diferencias entre mundo psíquico, real, exterior; o entre realidad psíquica, estructural, histórica, social, etc., pueden contener características histéricas de nuestras teorizaciones, tan difícil de integrar aunque ingenuamente creamos que por utilizarlas las hayamos asimilado todas.
El reto implícito de esta diferenciación fuera-dentro, lo contiene la frase de Freud «realidad, realización de un deseo, tal es el par contrastado de