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La búsqueda del apaciguamiento presenta a veces formas curiosas. Ciertos adultos y niños utilizan con este fin actividades que les llevan a calmarse a través de la búsqueda repetitiva de una excitación. Modalidad defensiva del Yo explorada en un trabajo precedente.1 La «relajación» es esperada por ellos desde la actuación de comportamientos motores o perceptivos, característica clínica principal de aquello que con Claude Smadja, hemos denominado los procedimientos autocalmantes.2
Para resumir nuestra concepción, podemos decir que los procedimientos autocalmantes buscan curiosamente aportar la calma por medio de una excitación específica que se produce al realizar un comportamiento repetitivo motor o perceptivo-sensorial. Ciertos procedimientos acompañan a los procesos del pensamiento, como por ejemplo, cuando un adulto pasea por una sala mientras habla a un auditorio. Otros, y es de los que vamos a ocuparnos aquí, únicamente toman un lugar excesivo, podría decirse exorbitante, en el funcionamiento mental habitual. Por su importancia cuantitativa, indican un cambio cualitativo en la economía psicosomática y, en general, son el sustrato de grandes dificultades para el aparato psíquico a la hora de asumir sus funciones elementales de control de la excitación.
Siguiendo por otra parte, líneas diferentes de lo que Michel Fain (1992) propuso sobre las implicaciones y la diferenciación entre lo que calma y lo