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«Mamá me decía que mis pechos me habían salido en la garganta y yo me enfadaba mucho…», comenta María, paciente que toma contacto conmigo después de ser operada de un cáncer de mama derecha. Le han extirpado ese seno junto con el pezón. Le han puesto una prótesis temporal y acaba de recibir tratamiento quimioterápico. Se le ha caído el pelo y lleva peluca. Está muy deprimida, angustiada y profundamente herida en su narcisismo corporal. Teme que la muerte se haya instalado definitivamente en ella a pesar de los informes favorables de los médicos. Hace siete años fue operada de un epitelioma maligno de la nariz. Se queja de que su cuerpo ha perdido el olor, que su brazo derecho está medio anestesiado. Teme estar volviéndose loca y lo relaciona con su madre, una mujer a la que parece un delirio celotípíco llevó a divorciarse de su padre.
María es la mayor de seis hermanos. Tenía 14, meses cuando nació el hermano varón que la sigue. Los otros siguieron rápidamente, uno detrás del otro.
Precozmente «despechada» ella misma se pregunta si su des-pecho actual tendrá algo que ver con aquel sentimiento: «No sé…, me siento como en un sueño o una pesadilla…, como si yo misma, por no sé qué culpa remota, hubiese intervenido o desencadenado mi cáncer… Una noche… ¿o fue en un estado de trance horrible mientras me ponían el gotero?… no sé… soñé que un vampiro primero y luego un toro me perseguían… Siempre les he tenido miedo a los vampiros… De pequeña, por la noche, cuando atravesaba el pasillo de mi casa siempre creía que alguien iba a cogerme por detrás. Andaba pegada a la pared, por si acaso…», comenta.
Pasando los 45, soltera, tiene una relación sentimental estable desde hace tres años. «Pero cada uno en nuestra casa, no soporto las cercanías.» Además, «no sé cómo va ha terminar esto… es bastante aburrido…», «se la tengo jurada pues no me apoyó para nada durante mi enfermedad», «para postre, desde mi operación se ha vuelto impotente…». Cuenta varios fracasos de pareja anteriores.
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