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Du sublime au ridicule il n'y a qu'un pas [15].
1. La cuestión de la sublimación, desde la deuda que Freud contrajera con la misma por su nunca publicado trabajo metapsicológico, padece de una particular orfandad. Su teorización es árida y las referencias faltantes de la autoridad del maestro dejan muchas veces la impresión de un conjunto de proposiciones inconsútiles de imposible unificación. Y por otra parte, es como si la deuda, al mismo tiempo como jugada inevitable del destino, diera cuenta de lo esencial de lo que la cuestión trata: la sublimación misma como producto de una deuda, deuda tanto del padre (Freud en este caso) como deuda con el padre. De ahí que nos planteemos siempre una doble cuestión, ¿la sublimación como deuda con lo pulsional o la sublimación como deuda con la ley?
Efectivamente el tema tiene otra genealogía y otra perspectiva en función de la forma de interrogación. Podemos preguntarnos desde la sorpresa inesperada de que la sexualidad pueda ser resignada, abandonada en aras de las grandes creaciones de la cultura, arte, ciencia, filosofía e incluso religión, pero también podemos preguntarnos inversamente desde la sorpresa que produce el que, sin embargo, todas esas diferentes manifestaciones de la cultura sigan sosteniendo la impronta de su pasado sexual pulsional.
Así nos encontramos con la excelente definición que hacen J. Laplanche y J.B. Pontalis (47) acerca de que la sublimación es un proceso postulado por Freud para rendir cuenta de actividades humanas, especialmente la actividad artística y la investigación intelectual, sin relación aparente con la sexualidad, pero que se apoyarían en última instancia en la fuerza de la pulsión sexual. La pulsión es sublimada cuando deriva en una nueva meta no sexual en la cual apunta a objetos socialmente valorizados. Pero también podemos agregar que la sublimación no implica sino la presencia de la pulsión y por ende de la sexualidad, como fundamento tanto de la actividad intelectual como de la vida e