You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
Ahora pienso, que lo que me interesaba en mi novela [Cien años de soledad], era, sobre todo, contar la historia de una familia obsesionada por el incesto.
En Los dos principios del acaecer psíquico, Freud nos explica cómo, con la instauración del principio de realidad, una cierta actividad mental queda disociada:
[…] libre de toda confrontación con la realidad y sometida al principio del placer. Esta actividad es el fantasear, que ya se inicia en los juegos infantiles para continuarse posteriormente como sueños diurnos.2
Más adelante, en el mismo artículo, señala cómo el arte consigue conciliar ambos principios y define al artista como un hombre que se aparta de la realidad porque no se resigna a lo que ésta le impone y valiéndose de la fantasía, encuentra el camino de retorno desde su mundo imaginario a la realidad a través de la obra de arte.
En este texto Freud resume ideas que venía apuntando en El creador literario y el fantaseo (1907) y en La novela familiar del neurótico (1908). Así, explica cómo la sublimación, en tanto que desplazamiento de la meta instintiva, es, en el proceso creativo, una manera de conjugar principio de realidad y principio de placer, de tolerar la realidad transformándola con ayuda de la fantasía. Esta actividad no se limitaría al puro fantasear vacuo, estéril al que Winnicott (1971) hace referencia como ¿un fenómeno aislado que absorbe energía, que no contribuye al soñar ni al vivir»,3 sino una fanta-sía