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La belleza, noble señor, no es tanto una cualidad del objeto observado, cuanto un efecto sobre el observador.
Leyendo a María Zambrano, que en «Algunos lugares de la pintura» dice que fue la pintura quien la llevó a escribir sobre ella, para tratar de desvelar su secreto, a mí me ha llevado un pintor a comunicar algunas consideraciones que en realidad no son más que las sempiternas interrogaciones sobre cómo, por qué, de dónde sale la obra artística.
Nada más llegar a la primera fuente psicoanalítica, y buscar sus claves para enfrentar esta cuestión, Freud nos la da: es la sublimación. Enseguida nos damos cuenta de cuál es su alcance, y a cuántas cosas se aplica este concepto freudiano. Repasando la evolución que ha seguido en la obra freudiana, las definiciones sucesivas varían desde la primera vez hasta las últimas.
Sin embargo, esta noción es indispensable para comprender algunas cosas: el destino de las pulsiones, la adquisición de poder sublimar a lo largo de la cuna analítica, el funcionamiento del psiquismo humano en general, y a la actividad humana en el mundo, en todos sus dominios, el arte, la ciencia, las organizaciones sociales…, la civilización, en suma.
En principio, Freud (Tres ensayos para una teoría sexual, 1905) ve una estrecha relación entre las pulsiones parciales que no intervienen en la organización genital definitiva, y su sublimación en otros intereses. Por ejemplo, la transformación de la pulsión parcial voyerista en un interés intelectual por la Astronomía. Hay un cambio de fin, y esa característica de la sublimación será constante en su obra.
Pero más adelante, incluye otra idea para el proceso sublimatorio: la posibilidad de cambio de objeto. Pues en Las pulsiones y sus destinos, 1915, habla de cómo lo que distingue a las pulsiones sexuales es que pueden en gran medida reemplazarse y cambiar fácilmente sus objetos, lo cual permite que consigan otros muy alejados de los elegidos originalmente. No parece