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Jean Starobinski, en un ensayo sobre el don y sus diferentes manifestaciones, titulado Generosidad, expresa que el más alto don es el entero don de sí mismo. Recuerda a propósito un bello ejemplo relatado por Séneca en su tratado De los beneficios (I, VIII), que es el siguiente:
En una ocasión en que varios amigos ofrecían a Sócrates muchos presentes, cada uno según sus medios, Esquino, discípulo pobre, le dijo: «No tengo nada que ofrecerte que sea digno de ti, y es sólo por eso que me siento pobre. Te ofrezco, pues, la única cosa que poseo: yo mismo. Recibe con benevolencia este presente y considera que los otros, dándote mucho, se han reservado más todavía». «¿Piensas pues», respondió Sócrates, «no haberme hecho un hermoso presente; o, acaso, lo estimas muy poco? Yo me encargaré de devolverte a ti mejor de lo que te he recibido».
Starobinski añade que el don de sí de Esquino puede valer como modelo para otros dones y que indica la posibilidad de una total alienación consentida. Se pregunta si desde el punto de vista del psicoanálisis sería ésta una transferencia lograda.
Podemos tomar el ejemplo como una metáfora de la transferencia, en este caso de discípulo a maestro, que se produce en una relación asimétrica con ciertas semejanzas a la del análisis. Sócrates acepta el presente y, confiado en su mayéutica, promete como contradón restituir un Esquino mejor que el que ha recibido. Su promesa es similar a la que el analista hace implícitamente cuando se compromete a realizar un análisis cuya meta es una transformación del paciente.
El paciente es traído al análisis por un sufrimiento psíquico cuya causa desconoce. Aquello que ignora de su ser, y que actúa en él sin poderlo nombrar o rememorar, es la parte perdida de sí mismo que viene a buscar en el análisis. Si se lanza en la alienación consentida es porque ésta le aporta como complemento una promesa de ser.
La promesa de Sócrates apunta al ser de Esquino: lo hará ser mejor de lo que es. Lo que hay que entender aquí es