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Paradójicamente, cuanto más van pasando ios días, tanto más resulta increíble que nuestro querido Juan Carlos no esté más entre nosotros con su inagotable ilusión, afecto entrañable y especialmente con sus enormes ganas de vivir. Tal vez este sentimiento nos ayude a valorar el espacio y el lugar que ha ocupado en quienes hemos tenido el privilegio de conocerle y disfrutar de su amistad.
Juan Carlos había llegado de su Argentina natal a esta España nuestra tan variopinta y contradictoria. Tras parar unos años en León, el destino le condujo a la noble tierra asturiana, que le adoptó y le fascinó. Se sentía un asturiano más, orgulloso de su mar embravecido, del apacible verdor de sus prados, de sus imponentes y calladas montañas, de sus fabes, de sus piedras milenarias y hasta de esa nube negra, que como él decía, se ponía un día y te hacía creer que los días del sol eran una extraña situación meteorológica propia de otras latitudes.
Su otra pasión era el psicoanálisis. Todas las semanas viajaba a Madrid, su segunda ciudad adoptiva, y transmitía a todos aquellos con los que compartía actividades de formación, el entusiasmo por la teoría psicoanalítíca, su adhesión inviolable al rigor teórico, y una seriedad profesional que se sustentaba siempre en una exquisita y fina percepción clínica. Nunca regateó esfuerzos por colaborar desinteresadamente en muchas iniciativas, pero entre todas creo importante enfatizar su colaboración en el Comité de Redacción de esta Revista, mientras fue su directora Manuela Utrilla. Todos los psicoanalistas hemos perdido a un valiosísimo colega.
Con todo, la pérdida de Juan Carlos como amigo entrañable resulta aún más dolorosa. Se agolpan en mi mente recuerdos fragmentados, inconexos. Me parece estar aún a su lado, mientras preparaba un suculento asado para más de 30 personas, discutir sobre las ponencias del último Simposium, chapurrear italiano en un pueblecito de Cerdeña y saltar de alegría indisimulada ante el tercer gol que su hijo Matías ac