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He pensado que exponiendo mis reflexiones sobre las formulaciones que utilizo en mi práctica como psicoanalista, me situaré en el corazón mismo del tema elegido: la conceptualización y formulación del hecho clínico en psicoanálisis.
Nuestra disciplina se caracteriza por una doble especificidad. Por una parte, no puede existir más que en la unión indisoluble entre la teoría y la práctica de los tratamientos, y, por otra parte, siendo la singularidad de esta teoría, la de estar centrada en los procesos psíquicos inconscientes, hay que tener en cuenta que el determinismo de éstos, está siempre en activo, incluso en nuestros esfuerzos de teorización. También hay que recordar que los procesos que infiltran nuestras producciones conscientes son movidos —y esto es freudismo puro y duro—, por las mociones sexuales, que tienen una unión consustancial con el inconsciente. El hecho clínico psicoanalítico no puede ser, desde mi punto de vista, más que un fragmento arbitrariamente desconectado del conjunto, que es el único que puede especificarlo. El conjunto es la totalidad de la situación psicoanalítica en sí misma. Entre esta última, de la que sabemos que está en continuo movimiento procesual y la necesidad de rendir cuentas de ella lo más fielmente posible, se encuentra el hiato que condujo a Freud a inventar el término de Metapsicología, del que el parentesco ambiguo con la Metafísica da cuenta de la complejidad de las relaciones entre creencia y conocimiento. Esta ambigüedad pasa a un segundo plano, si aceptamos sin reservas la afirmación de Freud de que ¡sólo las psiconeurosis de transferencia son analizables! En efecto, conocemos la coherencia indiscutible que une la comprensión del tratamiento psicoanalítico