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Algunas de las ideas que expongo en este artículo surgieron durante el Seminario de Técnica Psicoanalítica que impartí en el curso 1994-95 en la APM.
Los analistas en formación que participaron** fueron fuente de estímulo con la aportación de casos clínicos, discusión sobre la teoría de la técnica y el aporte bibliográfico que me prestaron, todo ello sobre la base de mis reflexiones personales, producto de años de trabajo con pacientes, de estudio tanto de textos clásicos como actuales, de las comunicaciones y aportaciones de otros psicoanalistas y sobre todo de ese estado mental que me induce a la búsqueda permanente de respuestas a los interrogantes que nuestro trabajo con el inconsciente plantea; a lo que añadiría un dato personal: la imposibilidad de adherirme a una teoría determinada como eje central de mi pensamiento psicoanalítico, situación de relativo agnosticismo teórico que en contrapartida se acompaña de sentimientos de soledad, duda e impotencia.
Por tanto, lo que en estas líneas deseo transmitir no son afirmaciones contundentes, y ni mucho menos pretenden ser originales; son convicciones personales que participan en pequeñas dosis del «descubrimiento» en tanto este es el encuentro entre pensamiento y vivencia, aquello que hace sentir como propio lo que en realidad es patrimonio de muchos, o como decía Winnicott (1951): «la necesidad de crear la ilusión de que existe una realidad exterior que corresponde a la propia capacidad de crear».
Recrear lo ya existente como un hallazgo propio conduce a la vivencia del conocimiento, es el encuentro con la «ilusión» donde el saber compartido se hace personal, para retornarlo de nuevo a la escala de lo objetivo-limitado-desconocido: