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1. Podríamos pensar que la revolución freudiana entre sus múltiples consecuencias cuestionó la jubilosa promoción del ser parlante y racional denunciándolo como una de las vanas y equívocas ilusiones del ser humano. La jubilosa maravilla era al mismo tiempo la complicada desgracia, por lo cual todas las promesas que la palabra prometía, acceso al saber, al ser, a la verdad, a la objetividad, etc., terminaban siendo solamente mitos retrospectivos creados por la propia habla, y que se delataban finalmente en su tropiezo e imposibilidad. Así la condición parlante nos impone la búsqueda de aquello que nos torna al mismo tiempo imposible, y por lo tanto porque se dice hay algo que se quiere saber, pero que ya no se puede ni se podrá saber.
Así podríamos ubicar al sujeto psicoanalítico en relación con su palabra en esa encrucijada entre la jubilosa maravilla y la complicada desgracia. Todo lo que su palabra le va a permitir revelar implica al mismo tiempo la sospecha de que lo que dice no es la cosa de la que dice sino otra que falta al decir. Y no en vano el doble registro de lo manifiesto y de lo latente ocupa el dispositivo fundamental de la teoría y de la técnica psicoanalítica. Claro que esto nos llevaría a preguntarnos sobre si cuando lo manifiesto recupera lo latente entramos por fin en el mundo de la jubilosa maravilla, o si sujetos de la palabra no podemos despojarnos nunca además de la complicada desgracia.
Es como si pudiéramos movernos entonces con dos fórmulas aparentemente contradictorias, una que enunciamos como «porque se dice se puede decir» (a la cosa de la que se dice) y otra que enunciamos como «porque se dice no se puede decir». Fórmulas que no son ociosas, ya que implican posiciones particulares en la asunción y dirección de la cura. Así si pensamos