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Ha sido muy frecuente en la teoría psicoanalítica una cierta tendencia reduccionista en la consideración teórica de la agresividad y, partiendo desde una cierta idea intuitiva de la misma, considerarla subtendida por un origen unitario, que en distintos momentos de la teorización se ha atribuido a distintas causas: frustración, adaptación, pulsión de muerte, etc.
Considerar el problema de la agresión como un concepto unitario puede suponer un esfuerzo teorizador importante, pero por lo general expresa prioritariamente un déficit de análisis de lo que son conductas de una complejidad y plurideterminación extrema. Solamente después de un pormenorizado análisis de las diferentes funciones, orígenes y modalidades de expresión de lo que llamamos conductas agresivas podremos hacer un intento de síntesis unitaria, y a pesar de ello me temo que nos quedaremos seguramente en la formulación, aparentemente teorizadora, de una concepción intuitiva del problema.
Nos encontramos con un problema de alto nivel de teorización y de gran complejidad, en donde el hiato teórico-clínico, el azaroso paso de la observación clínica a la construcción metapsicológica, nos resulta de una intensidad inquietante, y donde los datos clínicos directos son tributables de interpretaciones muy distintas y extremas, dependiendo del paradigma teórico que sustente dicha interpretación. Parece, por tanto, lícito tomar en consideración cómo se plantea este problema desde otras ciencias que estudian otras áreas de la realidad distintas de la que nosotros acostumbramos a estudiar. La realidad es un todo único que percibimos a intervalos, aunque es cierto que existen peculiaridades según el área que estudiemos, muy especialmente cuando se trata de algo tan especial como la vida psíquica, sus