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Nuestro procesamiento mental nos juega con frecuencia malas pasadas porque nos empuja a mantener posturas firmemente contrapuestas o simplemente enfrentadas allí donde un pensar más flexible, menos dicotómico, permite vislumbrar un pasaje posible a la vez que una relación dialéctica entre una postura y otra.
Esa situación se hace especialmente evidente y significativa alrededor de la cuestión de la agresividad, acerca de la cual en el discurrir psicoanalítico se vienen defendiendo posiciones claramente antagónicas, olvidando una vez más que el trabajo psicoanalítico impone establecer o al menos abrir la vía de posibles e insospechadas relaciones, dado que en el funcionar inconsciente y a causa de sus mecanismos de desplazamiento y de condensación se van a establecer toda clase de relaciones, por muy incongruentes que puedan parecer a la consciencia.
Efectivamente, a la hora de dar cuenta de la agresividad no deja de señalarse de modo repetitivo y constante que así como Freud puso el acento prioritario en la sexualidad, por su parte M. Klein resaltó la agresividad durante el primer año de la vida del sujeto infantil, captando o poniendo de relieve así algo que Freud no habría visto, lo cual permite además mostrar el progreso del pensamiento psicoanalítico, que suele ser concebido a modo de una simple adición de elementos o de conceptos.
Ahora bien, planteando las cosas de esa manera se permanece siempre en un tipo de concepción muy empirista y poco dialéctico, que lleva una y otra vez a afirmar, por ejemplo, que un autor tiene razón mientras que otro